Sin título
Disponible2025
Una obra realizada en mármol blanco y piedra serpentina que explora la presencia de la figura a través de la materia y la figura. Este torso formó parte de la exposición Figuraciones Arborescentes, presentando una síntesis entre la fuerza natural de la piedra y la sensibilidad de la escultura. Esta pieza presenta una figura que parece situarse en el límite entre el retrato humano y la abstracción. Su forma pulida, continua y monumental elimina los detalles anecdóticos para concentrarse en lo esencial: una presencia, una inclinación y un estado de silencio. La escultura parece representar un rostro que ha dejado de mirar hacia el exterior para sumergirse en sí mismo. La ausencia de ojos, boca o rasgos claramente definidos no la vuelve menos humana; al contrario, la transforma en una figura universal. Puede ser cualquier persona. Su forma vertical asciende con suavidad desde la base, mientras una gran curva lateral genera la sensación de que el volumen está sometido a una fuerza interior. El rostro parece inclinarse, pero no como quien cae: más bien como quien escucha algo que sólo puede percibirse en el silencio. Hay una notable economía de recursos. El escultor no necesita describir una expresión para transmitir introspección. La luz se desliza sobre la superficie lisa y crea sombras que funcionan como emociones: zonas claras de serenidad y planos más profundos que sugieren misterio. Se puede interpretar esta obra como la historia de alguien que ha llegado a un momento de profunda reflexión. Después del ruido, de las voces y del movimiento, queda el encuentro con uno mismo. La figura parece preguntarse: ¿quién soy cuando nadie me está mirando? Su belleza reside precisamente en esa falta de respuesta. Es una escultura que no habla; parece escuchar.